“Mi fórmula es la música”

Pasqual Sanchis García es músico: toca el bajo en una banda de rock y el contrabajo en un grupo de jazz. Su pasión musical comenzó en la adolescencia y ahora, a los 28 años, la combina con la docencia y trabaja como profesor de matemática. Cuando toca se desenchufa del mundo y cuando enseña se conecta con la realidad. No aspira a la fama, sino a seguir en contacto con el público, su enlace con la vida.

Nadie me dijo que me dedicara a la música. Simplemente se me metió en el corazón. Trabajo en una empresa familiar de turrones y también soy profesor de matemáticas en una academia, pero mi pasión es la música. Es muy simple: no puedo vivir sin ella”.

Mi interés por la música empezó mientras estudiaba en el instituto. Es la típica historia que surge con los amigos del colegio: formamos un grupo para expresarnos y lo llamamos Mugroman. Es una banda de rock. Nació de ese ímpetu que se tiene a los 16 años, de juntarnos a la salida de clases, sin ninguna pretensión especial. Ya hemos madurado un poco, pero queremos seguir. La música es lo que tenemos en común. El grupo ha cumplido diez años y llevamos cuatro discos (tres de estudio y uno en directo). Quién lo iba a decir…

Mi hobby son las matemáticas. Me encantan. Le doy clases a chicos del instituto y a universitarios. Un problema de matemáticas está bien o está mal. No hay nada subjetivo con ellas, son perfectas. Me hacen sentir balanceado: los números son rigurosos y la música es más espontánea.

Toco el bajo porque nadie lo quería. Cuando empecé no sabía lo que era y dudaba si podía lograrlo. Formamos el grupo, me correspondió ese instrumento y lo asumí. El bajo es parecido a una guitarra, tiene cuatro cuerdas y es el enlace entre la parte rítmica y la parte melódica del grupo. Es fundamental. Casi nadie lo aprecia, pero si no hay bajo, no hay música. Por ejemplo, si estamos tocando una canción y yo me detengo, se cae el tema. Parece que está en segundo plano, pero no. En apariencia luce sin importancia, pero es vital para lograr un buen sonido.

Hacemos música en valenciano y eso tiene sus ventajas y desventajas. Lo negativo es que no contamos con ningún apoyo mediático, ni en la radio, ni en la tele. Creo que será difícil ver un grupo valenciano famoso. A lo mejor es porque relacionan el idioma con la protesta. Nosotros hacemos música, no política. Nuestras canciones hablan de amor, de cuestiones personales y eso hay que dejarlo en claro. Lo bueno es que los grupos que cantan en valenciano son muy pocos y nuestro público es muy reducido y fiel: nos sigue a los conciertos y nos conoce muy bien. En castellano cuesta más sacar la cabeza. Los veranos nos movemos mucho por toda la costa valenciana y ya hemos tocado en Cataluña y en Francia. Hemos dado entre 200 y 300 conciertos en 10 años.

Tuve una infancia fantástica con mi familia en Jijona (Alicante). Con mis abuelos, mis padres y mis hermanas pasé unos veranos fabulosos en la casa de campo. Nadie era músico, pero en casa había música. De niño ya escuchaba los vinilos de mi padre, sobre todo de los Beatles, Chuck Mangione, Santana, los Bee Gees. Por supuesto, todos esos discos se los he robado al pobre, se los he quitado…

Soy completamente autodidacta. No estoy orgulloso de ello, ojalá hubiese aprendido de manera más formal, en una escuela, pero no fue así. Realmente no esperaba dedicarme a esto, porque no me consideraba un chico con cualidades innatas para la música. Creo que hay gente que tiene más oído que yo. He ido aprendiendo porque el bajo me enamoró. Por eso, frente a las dificultades lo que he hecho es seguir y seguir.

Cuando estoy tocando me invade un sentimiento muy profundo y complicado de explicar. Es como si me desenchufara del mundo. Me evado, siento un vacío de todo lo demás. Mi mente se pone en blanco y me dejo llevar. Simplemente, no puedo parar.

Lo mejor de la música es el mundo que me enseña, que se abre ante mis ojos. Un universo precioso lleno de gente nueva, de conocimientos, de ritmos y melodías. Es un espacio que crece dentro de mí y me enseña a apreciar a los demás, a valorar lo diferente. Gracias a la música he descubierto cosas y emociones que antes ni sabía que estaban ahí.

Lo que no me gusta es el mercado actual de la música. Es muy difícil ganarse la vida tocando. Yo no me lo he planteado porque resulta una apuesta muy arriesgada dejar el trabajo y dedicarse sólo al grupo. Tengo amigos que lo han hecho y lo han pasado mal. Ese aspecto de rentabilidad y de valoración del artista es lo menos bueno de esto. También he visto gente que crea un grupo con el objetivo de triunfar y sonar en la radio. Lograrlo depende mucho de la suerte. ¿Cuántos grupos fantásticos y con músicos excelentes habrán quedado en la nada sólo con ese propósito? ¡Muchos! Ese no es mi objetivo. Yo soy feliz con mis discos, mis conciertos y mi público. No quiero ganarme la vida con la música, sino pasarla bien y lo estoy consiguiendo.

El tema de la piratería tiene doble filo: por una parte, afecta a los derechos de los autores, pero por otra, si no fuera por internet, nunca hubiera conocido música hermosa y excepcional. Antes de la web, hay que decirlo, el alcance de la musica era muy limitado. Ahora es mucho más amplio.

En el grupo somos creadores. Cada uno escribe en su casa y le da forma a sus ideas. Luego nos reunimos y así surge una composición. Lo más bonito de ese proceso es que todos llevamos nuestras inquietudes en una hoja y el equipo las coge, las reconstruye y crea algo diferente. Es emocionante ir de la idea primitiva a la idea final, que es de todos. A mí me gusta más tocar que componer. Me cuesta escribir porque soy muy matemático y le doy muchas vueltas a las palabras.

Además del bajo también toco el contrabajo y por supuesto, me he enamorado de él. Es el instrumento más grave que hay: cuatro cuerdas, la misma afinación del bajo y se toca de pie. Fue un descubrimiento maravilloso. Hace cinco años, a unos amigos que tocan jazz les faltaba un bajista y me invitaron a participar. No sé nada de jazz, les dije, pero voy a probar. Desde entonces no he parado. Me encanta, es arte puro. El rock es más matemático, tiene medidas, pero el jazz es libre. Me proporciona una libertad de tocar increíble. Me ha abierto las puertas a un mundo nuevo. Nuestro grupo se llama Saxona Jazz Quintet.

El equilibrio lo obtengo combinando mi trabajo como profesor y mis conciertos. Esa mezcla de música y matemáticas me mantiene vivo. Cuando he pasado un mes sin tocar, lo necesito. No soy músico de composición, de estar en casa encerrado, sin hacer actuaciones. Yo el contacto con la gente lo necesito. El público me enseña mucho y me obliga a ser más exigente.

¿Una posesión valiosa? Mi bajo, un Fender Jazz Bass de 1974, que además de ser un instrumento musical único, tiene un valor sentimental importante porque perteneció al padre de un amigo que antes de fallecer me enseñó a tocar las primeras notas, cuando tenía 15 años. Siempre guardé en la memoria aquellas lecciones, pero no me atrevía a pedirle a mi amigo que me lo vendiera. Me costó muchos años dar ese paso. Pero lo hice porque me daba mucha pena que el bajo estuviera guardado: los instrumentos quieren ser tocados.

El amor de la vida no tiene que ser uno solo. Mi amor personal es mi pareja Llúcia, pero también estoy enamorado de la música y eso no significa que la quiera menos a ella. Son mis dos amores.

Conozco el colmo de la desdicha para un músico: que le roben sus instrumentos. Nos ocurrió recientemente, cuando unos ladrones entraron en el local de ensayo del grupo de rock y se llevaron todo lo que teníamos: guitarras, amplificadores, baterías… Fue un shock muy fuerte, pero nos enseñó una lección de solidaridad: varios compañeros tocaron gratis en una gala y recogieron dinero para que compráramos nuevos equipos. Si hiciera esto por obligación, después de semejante robo, no vuelvo. Pero lo hago porque quiero y lo que pasó ha sido un motor para reponernos. Compramos lo básico y seguimos adelante.

Realmente el mundo está para preocuparse, sobre todo por los líderes políticos que tenemos, que no están tomando en cuenta las evidencias. Hace falta un nuevo liderazgo y un cambio de perspectiva. Esta ortodoxia financiera-capitalista-neoliberal nos está costando cara y está provocando cosas inadmisibles: que gente preparada y amigos de la infancia se vayan de España a buscar trabajo al extranjero. Creo que tenemos que abrirnos a un modelo social y económico diferente.

Siento que con la música aporto al mundo mis ideas y mi forma de ser. No espero dejar una huella ni nada de eso, simplemente transmitir alegría y buenas energías. Eso lo tengo claro. Morir no me da miedo, pero perder la cabeza sí.

Cuando tenía 14 años soñaba con tener un grupo como Platero y Tú. Ahora me siento feliz con mi música y cada actuación es un logro. Quiero envejecer con lucidez y seguir tocando, no importa si es en un garito donde me vean veinte personas. Lo que quiero es estar con mis compañeros, seguir teniendo mi pequeño público y disfrutar cada toque. Sé que no es un sueño. Es algo que puedo alcanzar”.

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